Lo primero que pide Pepa Horno a los asistentes a su formación sobre protección de la infancia es que conectemos con nuestras tripas, porque es ahí donde vamos a darnos cuenta de que las mismas personas que nos hacen felices son las que nos hacen daño; que todos hemos sido violentos y han sido violentos con nosotros; que es distinto un “esto está mal” de un “eres malo”. Y a través de las tripas, el lugar donde se esconden nuestras alegrías y nuestras heridas, podremos identificarnos con todos aquellos niños y niñas que conviven con la violencia y así podremos plantarle cara.

Psicóloga y consultora en infancia, afectividad y protección durante más de once años, Pepa Horno ha coordinado campañas estatales e internacionales para la prevención y erradicación de la violencia contra los niños y niñas, especialmente el castigo físico y psicológico en el hogar y el abuso y explotación sexual infantil. Ha impartido formación y ha asesorado programas de intervención en más de veinte países de Latinoamérica, sur y sudeste asiáticos, Europa y el Magreb, además de ser miembro asesor de instituciones y redes como el Observatorio Nacional de Infancia y de promover el desarrollo de protocolos de actuación en el ámbito educativo, social y sanitario. Es autora de varios libros sobre desarrollo afectivo y social y coordinadora de varios estudios e investigaciones en el ámbito de la protección.

¿Qué es la violencia?

La violencia es todo el daño que nos hacemos los unos a los otros abusando de una situación de poder que nos permite hacerlo. Los niños y niñas, al ser los más vulnerables de la sociedad, son las víctimas más frecuentes de esta violencia física, psicológica o sexual.

¿Dónde empieza?

Empieza cuando utilizamos el poder que tenemos sobre otra persona, porque nos quiere, porque somos importantes para él o ella, o más fuertes, o tenemos una posición de autoridad sobre esa persona… Utilizamos cualquiera de esas situaciones para hacerle daño o para obtener un beneficio propio a su costa. La violencia empieza en las cosas pequeñas, sutiles; tiene que ver con cómo manejamos el poder en nuestras relaciones afectivas y eso es un elemento universal, presente en todos los países y culturas. Ocurre que estamos tan acostumbrados a vivirla que a veces ni siquiera la percibimos.

¿Todos cruzamos la línea?

Sí, todas las personas puestas en un momento y lugar determinados cruzan la línea. Luego cambian cosas como el ser consciente de que lo has hecho, el grado hasta el que lo haces, o la justificación que le das. Pero es importante asumir que todas las personas podemos actuar violentamente.

¿La violencia es inherente al ser humano?

El poder es inherente al ser humano, la capacidad de hacer bien y de hacer daño son caras de una misma moneda; pero la violencia, el abuso de ese poder para hacer daño, es una opción que se aprende. La agresividad es inherente al ser humano, es el resultado de varios elementos de nuestro sistema hormonal que nos permiten defendernos, afrontar situaciones de peligro. Pero cuando usamos esas capacidades para agredir a otra persona es cuando cruzamos el límite de la violencia. La posibilidad de actuar violentamente es universal, el serlo es una opción individual.

¿Por qué se pelea la gente?

Nos peleamos por muchos motivos, pero en el fondo casi siempre nos peleamos porque tenemos una relación afectiva con esa persona y lo que dice o hace nos duele, sentimos cuestionado ese afecto de algún modo, o porque proyectamos en esa persona otras cosas que nos importan y que no tienen nada que ver con ella. Discutimos con nuestros hijos, nuestros padres, nuestras parejas… y luego con gente que no tiene nada que ver, pero que se cruza por en medio. Todos los conflictos interpersonales tienen un ingrediente afectivo y los conflictos de otro tipo, socioestructurales, étnicos o religiosos tienen una base afectiva también, aunque complejizada con otros elementos.

¿Los hombres son más violentos que las mujeres?

La distribución de las cifras de violencia en función del sexo nos hace ver que somos violentos de diferentes formas. Los hombres suelen agredir más físicamente y sexualmente, igual que son más agredidos físicamente los niños que las niñas; mientras que las mujeres somos más violentas psicológicamente, igual que las niñas son más agredidas psicológicamente y sexualmente.

¿Qué cambia cuando la víctima de violencia es un niño?

Cambian las consecuencias de ese daño y ese sufrimiento en su desarrollo, y cambian los recursos y oportunidades de las que dispone para obtener la ayuda que necesita para sanar ese daño. Un adulto puede buscar esa ayuda autónomamente, los niños y niñas dependen de tener adultos que los acompañen y protejan para sanar una historia de violencia.

¿Quién es violento con los niños?

El 80% de los casos de violencia contra los niños y niñas suceden por parte de gente de su entorno cercano, personas –adultas u otros niños– que ellos conocen e incluso quieren. Puede ser su familia, sus amigos, amigos de sus padres, sus educadores…

Quien bien te quiere te hará llorar. La letra con sangre entra. ¿Qué pasa con estos dichos populares?

Que reflejan la unión entre el amor y la violencia que forma parte de la educación y la cultura de todos los lugares donde yo he trabajado. Estos refranes los he encontrado con mínimas variaciones en todos los países donde he trabajado. Mientras no rompamos esa unión, la violencia no desaparecerá.

¿Los agresores han sido víctimas cuando eran pequeños?

Los estudios dicen que entre un 30 y un 40% de ellos sí lo fueron.

¿Y un niño maltratado será un adulto maltratador?

No, esa es una de las trampas del tema de la repetición transgeneracional. Que un tanto por ciento importante (que no mayoritario) de los agresores fueran víctimas de violencia en su infancia, no significa quelas víctimas estén condenadas a ser agresores. Una historia de maltrato elaborada terapéuticamente es el mejor factor de protección contra ejercer y sufrir violencia como adulto. Pero lo contrario también es cierto: una historia de maltrato en la infancia de la que nunca se habla y para laque no se recibe ayuda, se convierte en un factor de riesgo para volver a ser víctima o para agredir de adulto. Pero hay que incidir en dos cosas: un factor de riesgo no es una condena y aquellos niños y niñas que repiten patrones de violencia como adultos, lo hacen también muchas veces convirtiéndose en víctimas de nuevos agresores y agresoras. El que repitan o no patrones depende de la reacción de su entorno y de que reciban la ayuda que necesitan.

¿Qué le pasa a un niño cuando de donde espera amor recibe violencia?

Que se convence de que la gente que le ama tiene derecho a agredirle, que se convence de que se lo merece y de que tiene la culpa de lo que ha pasado; que tiene miedo del mundo y de otras personas; que se aísla y vive con miedo permanentemente y muchas cosas más.

¿Qué le duele más a un niño?

Que la gente que le quiere y en quien confía le agreda.

¿Puede superarlo?

Sí, la capacidad de recuperación de todos nosotros es parte de nuestra supervivencia, de la búsqueda de la felicidad y de nuestra capacidad de resiliencia.

¿Cómo?

Necesita que su entorno le apoye, le crea y le ayude a buscar la ayuda que necesite. Necesita hablar de ello, desculpabilizarse y un modelo de vida diferente y, en muchos casos, aunque no en todos, ayuda terapéutica.

¿Cuál es el derecho que más reclaman los niños respecto a su protección?

El derecho a que sus madres y padres no les peguen ni les humillen y el derecho a una escuela sin violencia.

¿Es posible cambiar golpes por caricias?

Sí, es posible, tanto a nivel personal en la vida de cada uno de nosotros, como a nivel de las comunidades. Yo lo he visto y es lo que da sentido a nuestro trabajo: que cambia vidas.

¿Qué le falta a la Convención sobre los Derechos del Niño para proteger efectivamente a los niños?

Que se aplique de verdad, que se dote de los recursos necesarios, que se asuma social e institucionalmente en los países que la ratificaron.

¿Y a la sociedad?

Todos necesitamos mirar nuestra tripa: ese lugar donde reposa nuestra historia afectiva, nuestras ganancias y nuestras heridas. Poner consciencia en esos dolores antiguos con los que nos hemos acostumbrado a vivir, para no necesitar volver la mirada cuando reconozcamos ese dolor en la cara de un niño. La sociedad necesita ser valiente.