Economista y activista contra la pobreza desde hace 20 años, Gonzalo Fanjul desborda pasión y vehemencia cuando habla de las injusticias sociales. Cofundador de la Fundación porCausa dedicada a la investigación y el periodismo, su blog en El País –“3.500 millones”– se ha convertido en un espacio de referencia para agitar conciencias a favor de un mundo mejor.

Uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU fijaba reducir a la mitad la pobreza en el año 2015. Hemos llegado a la fecha prevista y, a pesar de los avances, estamos lejos de conseguirlo. ¿Es optimista de cara al futuro?

 Valoro mucho lo conseguido hasta ahora. Los Objetivos han logrado coordinar las acciones de la comunidad internacional, alinear recursos y esfuerzos hacia objetivos muy tangibles que cambian la vida de las personas. El hecho de que casi 7 millones de niños sigan muriendo antes de cumplir los cinco años no debe hacernos olvidar que en los años 90, esta cifra era el doble. Pero también son la historia de un fracaso. La nueva Agenda del Desarrollo es inabarcablemente amplia. Se pierde la virtud de focalizar los esfuerzos. Tengo mis dudas de que en los próximos años veamos avances.

 Este 2015 también se cumplen 20 años de las movilizaciones por el 0,7% ¿Qué queda hoy de aquel espíritu?

 Empiezo por lo que no queda: un sistema de cooperación. Hemos asistido en esta legislatura a una deconstrucción sistemática, no solo en materia presupuestaria (estamos en el 0,17%, niveles de los años 80), sino que también se ha perdido una oportunidad de reforzar las instituciones de la ayuda. Lo que sí conservamos es una relación afectiva de la sociedad con la cooperación. Nadie pidió al gobierno desmontar el sistema. Ahora, aunque las encuestas dicen que cerca del 80-85% de la población es partidaria de mantener la cooperación, cualquier gobierno que quiera aumentar los recursos de la ayuda se va a enfrentar a un coste político. La gente no va a entenderlo cuando la pobreza infantil aquí es tan grave. Sin embargo, es posible reconstruir el sistema con menos recursos, dotarle de la importancia política que tiene.

 ¿Cuál es el papel de las ONG en el nuevo panorama mundial?

 Tienen que adaptarse a una realidad diferente, sin perder su especificidad. Por un lado, tendrán que seguir haciendo parte del trabajo humanitario que hacían hasta ahora pero, en cambio, el espacio para proporcionar servicios básicos como sanidad o educación se está reduciendo, ya que incluso en las regiones más pobres el papel del Estado es cada vez más relevante y lo que hay que hacer es apoyar esa capacidad. Pero las ONG pueden jugar un papel importante en la definición de la agenda política, en la movilización social, en llevar a cabo un trabajo de análisis, de reflexión… Y hay otro reto de las ONG que me parece clave. La pobreza escapa de los países que teníamos delimitados como pobres y muchas organizaciones, como Educo, se enfrentan al dilema de incrementar su agenda de trabajo en los propios países desarrollados.

 ¿Hasta qué punto la educación es clave para reducir la pobreza?

 La educación es la base de cualquier cosa. Es la generación de oportunidades, es el mecanismo de igualación de las personas, es la lucha contra las desigualdades. Lo que pasa es que los factores en que nos habíamos fijado mucho en el pasado, como la construcción de escuelas o la misma escolarización de los chavales, están cambiando. Ahora se potencia el papel de la mujer o los diferentes modelos de educación para activar el empleo y la igualdad de oportunidades, por ejemplo.

 Usted ha denunciado la pobreza infantil en España. ¿Cómo afecta al conjunto del país?

La pobreza infantil es un castigo injusto y desproporcionado para quienes la sufren e intolerable en una sociedad desarrollada como la nuestra. Tener una generación condenada a la pobreza como la actual tiene consecuencias para la productividad porque determina la capacidad de generar empleo, de emprender; determina también las tasas de fertilidad, ya que impide a los jóvenes que se incorporan al mercado laboral tener la seguridad para formar una familia; y en tercer lugar, erosiona la cohesión democrática. Me pregunto qué lealtad debe al Estado uno de estos chavales a los que el Estado ha dejado caer. Es un asunto clave en un momento en que hablamos de calidad de la democracia, de desafección, de crisis de los partidos.

 Precisamente los partidos son blanco principal de sus críticas

 Todos los partidos han fracasado. El gobierno actual y el anterior han minado la capacidad de protección del Estado en un ámbito tan clave. No se reconoce el problema. La sociedad tampoco. Cuando a la gente le explicas los datos, se mueve entre la sorpresa y el escepticismo. Hay que eliminar la idea de que el problema se resolverá cuando se arreglen los indicadores económicos. No somos conscientes de su magnitud.